jeudi 12 novembre 2015

Reescrituras del cuento EL AVION DE LA BELLA DURMIENTE de Gabriel Garcia Marquez



Doce cuentos peregrinos (El avión de la bella durmiente)

Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez es un libro donde se reúnen 12 recopilaciones y fue publicado en 1992. De él se desprende el cuento de  El avión de la bella durmiente que fue terminado realmente en Junio de 1982. Es una historia contada desde el punto de vista de un hombre, es decir en primera persona y como su título lo dice narra el viaje en avión de una mujer, que solo  duerme sin saber lo que ocurre a su alrededor.

El avión de la Bella Durmiente


         Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesiá que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las bugambilias. “Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida”, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.



INSTRUCCIONES PARA LA REESCRITURA

YO hacia la cola para viajar A........................... cuando percibi de lejos UN SER ESPECIAL que era......................................... (describir detalladamente)
Narrar Contratiempos
Reencuentro con el SER ESPECIAL
Imposibilidad de intercambio 

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OUSSAMA EZ-ZOUAO




El amigo de infancia




Era una mañana fría de noviembre como esas mañanas en las que tu deseo más grande  es quedarte en tu cama y no salir. Desgraciadamente, yo tenía que  ir al trabajo. De otro modo, mi cuenta bancaria  iba a  tocar el fondo. Por lo tanto, hacía la cola delante de la parada del autobús cuando percibí al otro lado de la calle, una cara familiar. Pero, mientras buscaba en mi memoria para poner un nombre a esa cara, la persona se perdió en la muchedumbre.



Se llamaba Omar y era mi mejor amigo de infancia; vivía en frente de mi casa. Así que como todavía tenía tiempo, y que hacia cerca de 20 años que no veía a Omar, decidí ir a buscarlo. Mientras lo hacía, recordaba mi infancia con Omar: la vez cuando el perro del vecino nos persiguió y la vez cuando peleamos contra otros chicos que querían robarme mi balón. Viví días felices con Omar, pero esa felicidad se esfumó cuando el padre de Omar murió y que su familia se mudó porque no podía pagar el alquiler.



Había pasado 30 minutos buscando en los cafés, los comercios y las calles cuando decidí abandonar e ir a mi trabajo. Regresando a la parada de autobús, mientras pasaba por un callejón sombrío y vacío, de repente, una persona salió de la oscuridad y me empujó contra la pared. No podía creerlo: ¡Era Omar que me tenía de una mano y me amenazaba con un cuchillo en la otra mano! Me dije: ¿Omar se volvió ladrón? ¿No me reconocía?



Omar me gritaba: ¡Tu cartera maldito! Pero me quedé boquiabierto por la sorpresa. Entonces me dio un puñetazo tan fuerte que me tumbó al suelo y comenzó a buscar en mis bolsillos hasta que encontró  mi cartera. La cogió y huyó.



Detesto los mañanas de noviembre.

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ROMAIN DURAND



                            La máquina de Valdemar Lunes en el aeropuerto de Santiago



Era un día frío de invierno, y mis vacaciones se terminaban con un sabor a lamento porque no era un año de nieve como podría haber en Chile, y por eso el esquí no era tan bueno como los otros años. Pero estaba en el tercero piso del aeropuerto de Santiago y hacía la cola para entrar en la sala de espera para esperar mi avión que salía en dos horas, cuando percibí de lejos, en la pista de aterrizaje, una máquina que cayó del cielo, y un hombre que salió, con ropa extraña. Era un hombre que parecía muy inteligente, pero también parecía no saber donde estaba.  Tenía un par de vaqueros, pero en la parte superior de su cuerpo, tenía una chaqueta de hippy.



De pronto, recordé una historia que me había leído mi madre cuando era pequeño: la de Valdemar Lunes, un físico e historiador que logró dar forma a una máquina del tiempo. ¿Era posible que esta historia no fuera un cuento sino una historia verdadera?  El hombre que parecía ser Valdemar Lunes tenía frío, y por eso empezó a correr en el aeropuerto.

“¿Tiene su billete de avión para entrar en el Lounge?” me preguntó la azafata.

La miré, pero no había oído su pregunta. Estaba pensando en el cuento de Valdemar Lunes. “¿Perdóneme?”

“Necesita su billete de avión para entrar en la sala de espera,” me dijo.

“He olvidado una cosa. Volveré en unos minutos,” respondí. Caminé en dirección de la máquina, ¡pero Lunes había desaparecido! Tenía que encontrarlo para preguntarle: ¿quién era realmente? ¿qué era esta máquina que no podía ser una máquina del tiempo, pues? ¿Si era realmente Valdemar Lunes, cómo había hecho para salir de su círculo vicioso? Empecé a marchar rápidamente por todo el aeropuerto, en búsqueda de un hombre medio moderno, medio hippy.  Mientras andaba, mi cerebro trabajaba. Había demasiada gente: turistas de todo el mundo que volverían a su país después de unas vacaciones esquiando, y otras que llegaban para empezar el esquí.



No sé cuanto tiempo lo busqué, pero al cabo de un rato yo estaba de nuevo frente a la sala de espera. Me paré  furioso. Había preguntado a desconocidos si habían visto a la persona que estaba buscando, pero nadie le había visto. Tuve una idea: “voy a esperar frente a su máquina: no iba a renunciar a esta caja mágica. Bajé los tres pisos corriendo, pero cuando salí del aeropuerto para ir a la pista de aterrizaje, vi al hombre entrando en su máquina y cerrando la puerta. Grité con toda mi fuerza, pero dos segundos después, la maquina desapareció. 

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PIERRE HASSOLD


                                                  La tercera luna de Júpiter


YO hacia la cola para viajar a la tercera luna de Jupiter, cuando percibí de lejos, algo de un azul perfecto, como nunca habia visto antes. Traté de ver más especificamente lo que era este azul, pero el robot encargado de registrar las entradas interstelares me interrumpió.

Después de ser registrado, traté de rastrear el origen del azul, pero había desaparecido en el vestibulo de la estación espacial. Empecé a buscar el azul cuando una explosión repentina se produjo. Después de que el humo se despejó, me di cuenta de que era mi amigo, Valdemar Martes, que acababa de llegar al subespacio.

Comenzamos a buscar el azul en el vestibulo, el cual la llegada de Valdemar Martes habia hecho caótico. Finalmente, yo lo encontré, y me di cuenta de que era un ser de otra galaxia. Era una persona cuya piel azul billaba en todo el pasillo, pero no sabia su origen ni su lengua. 

Me quedé atrás contemplando este hermoso azul, en el centro de la estación espacial, sin saber que hacer ..


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LUCAS DEPIERRE



La mendiga del RER



Yo estaba en un andén esperando un tren para ir al centro de Paris cuando una mujer que mendigaba me pidió un poco de dinero. Con un violento gesto de impaciencia, me negué. El RER llegó, nos subimos al tren. Pero en el fondo del vagón, la mujer se sentó, la observé. A causa de su pobre traje, no me di cuenta de que era muy joven. La escena era profundamente desconcertante. Estaba vestida como todos los pobres de las grandes ciudades.



De repente, dos controladores entraron en el vagón y pidieron los tiquetes. Rápidamente, los controladores le pusieron una multa a la mujer. Inconscientemente, me compadecí y me propuse para pagar su pasaje. Pero el tren llegó a una parada y cuando las puertas se abrieron, la mujer se escapó. Los controladores, por estar discutiendo conmigo, no fueron suficientemente rápidos para atraparla.



Continué el viaje triste por haber tratado de ser generoso demasiado tarde. De regreso me pareció verla, pero me di cuenta de que los jóvenes como yo confunden a todos los pobres porque no llaman nuestra atención.

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LOUISE CHATELAIN-LACAM

El viaje de ricitos de ojos

La vi enseguida. Era la niña más bella y más pequeña que había visto en mi vida. Estaba corriendo alegremente detrás de una mariposa, y su risa infantil resonaba como una invitación a jugar con ella.  No podía quitarle los ojos de encima, y esperaba en secreto que ella se acercara a mí.
De repente, sonó la campana anunciando que no quedaba mucho tiempo antes de la salida. La niña levantó sus grandes ojos claros en mi dirección y se acercó. Esbocé una sonrisa pero,  desgraciadamente, pasó delante de mi sin ni siquiera mirarme. Se subió a un caballo negro que estaba justo delante de mí y listo para salir.
Cuando sonó de nuevo la campana, nos pusimos de camino. Intenté llamar la atención de la angélica niña pero ella seguía dándome la espalda. No podía ver ni sus grandes ojos ni su sonrisa. Aunque sólo la podía ver por detrás, se veía perfecta con su pelo dorado cayendo en cascada sobre sus hombros claros y sus pequeñas piernas regordetas. Traté de alcanzar a la pequeña jineta pero fue imposible, no podía reducir la distancia que me separaba de su corcel. No se dio la vuelta ni una sola vez a pesar de todos mis esfuerzos.
Finalmente, la campana resonó anunciando el fin del viaje. Cuando la niña bajó del caballo, intenté correr tras ella pero ya no pude hacer ningún movimiento. Se fue corriendo hacia sus padres que la estaban esperando. "Por favor, puedo dar otra vuelta en el tiovivo? Esta vez quiero subirme a la pequeña tortuga delante del caballo." le pidió a sus padres. Me estremecí:  la "pequeña tortuga" era yo! No lo podía creer : así que me había visto y ahora quería dar una vuelta sobre mi espalda. Sin embargo, me alegré demasiado temprano : "No Carmencita, no puedes dar otra vuelta, nos tenemos que ir" le dijo su madre, y fue con una gran tristeza que vi a la niña alejarse con sus padres.  

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JALEL BENERRAMI

                                               Un hombre que se parecía a mí



El mes pasado, yo hacía la cola en el aeropuerto de Paris para viajar a Lima, Perú, cuando percibí de lejos un hombre que se parecía totalmente a mi. Este hombre tenía la misma cara, la misma forma de caminar, el mismo corte de pelo, la misma altura e  incluso la misma voz que yo (lo he oído hablar por teléfono). Pero parecía un poco más viejo. Quería hablar con él pero no podía porque caminaba muy rápido y había mucha gente en el aeropuerto; entonces lo perdí de vista. Además, hacía la cola desde hacía mucho tiempo y no quería perder mi lugar en la fila.



Dos horas después, lo vi en el exterior, al lado de los aviones y entró en el avión con destino a Lima. Mientras me instalaba en mi asiento, el piloto hablaba por el micrófono y reconocí mi voz. Estaba confundido. Le pregunté a una azafata si podía hablar con el piloto. Me dijo « ¡claro que no! ». Una vez más, había un obstáculo entre el misterioso personaje y yo. Pensé entonces que podría verlo en el aterrizaje.



Dormí durante todo el viaje y finalmente llegamos a Lima. Tenía ganas de hablarle. Solamente algunos minutos después del aterrizaje, el avión despegó. No entendía nada. Veía mi doble alejarse. Estaba muy decepcionado. Decidí entonces ir a recuperar mi equipaje y llamé un taxi para que me llevara al hotel. Una vez allí, abrí mi maleta y descubrí una nota que decía « See you next week in New York. J. » La nota estaba firmada con la letra J. Me hice muchas preguntas, sobre todo porque tenía que ir a Nueva York la semana siguiente. Quizá yo venía del futuro y estaba en misión en el presente. Mi presente. Espero que podamos intercambiar pronto.

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PIERRE BASTARD



Un Dalí ausente



Yo hacía la cola para viajar con la máquina temporal del doctor Temporalus cuándo percibí un hombre que se parecía a Salvador Dalí. En realidad estaba seguro de que era él porque vi su famoso bigote con las dos puntas muy estrechas.



Pero había demasiada gente en el vestíbulo. Delante de mi, Napoleón y el Almirante Nelson estaban haciendo de nuevo la batalla de Trafalgar. Al cabo de un momento,  estaban a punto de golpearse y decidí intervenir. Les dije que no podía perder tiempo en una pelea inútil, que quería encontrar y conocer a Salvador Dalí y que la máquina estaba vacía. Me miraron muy sorprendidos pero entraron en la máquina sin contestar nada. Vi la fecha que pidieron: era la de la batalla de Trafalgar, el veintiuno de octubre de mil ochocientos cinco.



Perdí mucho tiempo pero como estaba a punto de utilizar una máquina temporal, no era realmente un problema. Quería ver a Dalí, entonces elegí la fecha de su nacimiento, el once de mayo de mil novecientos cuatro. Pero cuándo vi el niño de pecho llorando en los brazos de su madre, me di cuenta que, quizás, la fecha de nacimiento no era el mejor día para elegir. Regresé al presente.



Esta vez decidí ser más inteligente y regresé el día de su muerte en mil novecientos ochenta y nueve, pensando que era lo mejor porque podíamos hablar de toda su vida. Pero....Dalí estaba en su cama en el hospital y, mientras llegué, ya se había ido al cielo. Estaba tan nervioso y decepcionado que no me esperó. Entonces me dije que no había hecho esos viajes para nada. Pues intenté hablar de la vida de Dalí con su familia ¡pero pensaban únicamente en su muerte! Después conocí a su médico. ¿Quién podría hablar mejor de su vida que él? Pero lo que me mostró eran informes médicos y análisis. Sin contestar nada decidí huir al presente lo más rápidamente que podía.



Cuándo llegué al vestíbulo inicial, estaba muy cansado de viajar en el pasado detrás de Dalí y quería regresar a mi casa. Cuándo salí del vestíbulo, me volteé y vi a Dalí entrando en la máquina temporal para regresar a su época. Entonces me dije ¿Por qué viajar en el pasado cuando hay tanto que descubrir y explorar en el presente?
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Pierre GILIBERT y Matthieu THESE


« !No intentes hablar conmigo, cabrón! »



  Yo hacía la cola en el aeropuerto de Tokyo para viajar a mi casa cuando percibí en mi bolsillo un papel donde estaba escrito « !no intentes hablar conmigo, cabrón! ». Al mismo tiempo vi de lejos un ser especial: Valdemar Lunes, el protagonista de un cuento que estudié en la escuela de ingeniería des Ponts et Chaussées. Estaba haciendo la cola para ir a América Latina. No entendí nada y me dije que estaba alucinando cuando la empleada del aeropuerto me dijo que empezara el registro.

   Cuando acabé, traté de buscar a Valdemar, pero no le vi. Pocos minutos después, una sirena empezó a sonar y todos los Japoneses empezaron a correr en el aeropuerto. En el pánico, una empleada me dijo que un tsunami se había producido y que tenía que seguirla hasta un refugio.


   En el refugio, sentí que el suelo se movió. Había olvidado totalmente a Valdemar. Cuando recibí la instrucción que se podía salir, la empleada me dijo que mi avión tenía un retraso y que tenía que esperar por un tiempo indefinido.

  Los daños eran considerables, y me dijo que tendría que esperar por un día o dos. Entonces decidí buscar a Valdemar.

   Rápidamente encontré el rastro de Valdemar y empecé a seguirle en el aeropuerto. Finalmente cuando estaba cerca de él, decidí valientemente hablarle:

« -Hola, señor... Puede parecer increíble pero tengo la impresión que le conozco...

   -¡ Si yo sé ! Me interrumpió Valdemar. Por la milésima vez, soy Valdemar y estoy bloqueado en este maldito aeropuerto por mil años. Y por la milésima, y espero, última vez, soy inmortal y no me interesa hablar contigo. ¡ Miserable mortal ! »

   Asi, me quedé sin aliento, no entendí nada.


« - ¡ Dame el papel ! pidió Valdemar.

   - ¿ El papel ?

   - El papel en tu bolsillo, cabrón !

   Tembloroso, se lo di.

   - ¿ Que está escrito aquí ? 'No intentes hablar conmigo'. ¿ No es bastante claro ? »

   Furioso, Valdemar arrugó el papel y me lo lanzó. Cuando realicé lo que había pasado, Valdemar había despertado en la multitud de los viajadores.  

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Thibaud MONMIREL



                                               En el aeropuerto de Barcelona



Eran las tres de la tarde. Estaba en el aeropuerto de Barcelona para viajar a Paris. Era un día de verano, hacía muy buen tiempo, y el calor afuera era agotador. Estaba haciendo la cola en medio de la muchedumbre para abordar mi avión. De repente, no me sentí bien a causa de la multitud y del calor y me desvanecí. Cuando abrí mis ojos, había una enfermera muy guapa, hablándome desde arriba y sacudiéndome. Era muy bella, tenía los ojos de color verde, con pelo castaño y la piel delicadamente morena. Pero cuando recobré totalmente el conocimiento, había desaparecido, sólo quedaba uno de sus colegas, que me dio agua y se fue también.



Dejé de hacer la cola y empecé a buscar a la bella por todo el aeropuerto. No la volví a ver. No me quedaba mucho tiempo y quería realmente encontrarla para agradecerle por lo menos. Cuando sólo me quedaban quince minutos antes de que terminara el embarque, corrí hasta mi puerta, pasando enfrente de muchas otras colas para abordar. Cuando la azafata de vuelo verificó mi boleto, giré la cabeza por última vez, y vi a la chica, haciendo la cola para el avión al lado del mío. Realicé que no era una enfermera sino una amable viajera que me había ayudado cuando había visto que no estaba bien. Me subí a mi avión y más nunca la vi. 



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CLARA OOZEER



Tenía la apariencia de un jaguar





Esperaba un tren para ir a Londres en la estación de París, Gare de Lyon. Como de costumbre, durante las noches de tormenta, los retrasos eran numerosos. Hacía la cola para comprar un nuevo boleto para el siguiente tren cuando de repente vi a una mujer que me hizo perder el hilo de la conversación con la persona que estaba cerca de mi. Me llamó la atención. Era increíblemente hermosa, pero su mirada me paralizó. Tenía la apariencia de un jaguar en su traje oscuro y con sus ojos penetrantes. Un sentimiento me invadió. Me recordó a alguien, pero ¿a quién?



La empleada en la taquilla me alejó de mis pensamientos al preguntarme lo que quería. Tartamudeé por un momento y finalmente le pedí que me vendiera un nuevo boleto para ir lo más pronto posible a Londres. Todavía tenía cuatro horas de espera.



No podía recordar donde le había visto. Su imagen me obsesionaba, no podía pensar en otra cosa. Comencé a caminar buscándola en el pasillo y en toda la estación sin éxito. Entonces decidí ir a tomar un café para pasar el tiempo y me senté en la última mesa libre.



La volví a ver. Estaba allí, a mi lado, leyendo el periódico. ¿Quién podría ser? Me puse de pie por un momento observándola sentada sin saber qué hacer o cómo abordarla tratando de recordar donde pude conocerla.



Hasta que recordé. Era una amiga de infancia. Me emocioné mucho. ¿Cómo pude haberla olvidado? Habían pasado más de doce años desde la última vez que la vi. Se había ido a Australia sin decir adiós. ¿Cómo le había ido en ese país? Así que  decidí ir a hablar con ella y mientras caminaba algo me sacudió con violencia. Una persona me despertó para decirme que mi tren salía en diez minutos. Era sólo un sueño ... Decepcionada, me subí al tren y pensé en ella durante todo el trayecto.



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Raphael LEVY

Un final memorable


La noche tan esperada había llegado por fin. La del ultimo juego de la “Liga de Campeones” de futbol. Y esta vez, el Real Madrid jugaba contra el Barça, su más viejo enemigo. La tensión con respecto al partido ya se hacía sentir en las calles de Madrid. Los bares y restaurantes se vistieron de blanco, el color del Real. Mis amigos y yo estábamos listos para ir al estadio de Santiago Bernabéu. Decidimos llegar dos horas antes del inicio del partido para evitar la cola en la entrada. Pero cuando llegamos, la cola ya era enorme.

Con mucha paciencia esperábamos nuestro turno cuando de repente algo casi sobrenatural pasó: a pocos metros de mi, también esperando en la cola, estaba mi padre. No le había visto desde que se había ido de la casa familial a mis 5 años. Cruzarlo después de tantos años fue un gran shock. De manera sorprendente, hubo un gran movimiento de la multitud en la cola y lo perdí.

Después de una espera demasiado larga, alcanzamos a entrar en el estadio. El ambiente era intenso. Encontramos nuestro puesto y nos sentamos, molestando a algunas personas que ya estaban sentadas. Me sorprendió ver que el asiento a mi lado estaba libre. La página web del estadio anunció completo. ¡El juego por fin iba a comenzar! Después de algunos minutos, noté que alguien intentaba sentarse, pasando en medio de todas las personas ya sentadas. Se sentó a mi lado. Era mi padre.

No me reconoció. Después de tantos años, no me sorprendía. Yo, en cambio,  reencontraba su postura grave que todavía conservaba, tenía la barba que lo hacía un poco más difícil de lo que era. Esos ojos azules grandes que me había transmitido. Tenía mucho que decirle, muchas quejas. El deseo de gritarle para preguntarle porqué me había dejado, tomando cada vez más espacio en mi mente.

Estaba tan perturbado que me perdí casi la mitad del primer tiempo del partido. Pero no podía encontrar el coraje para enfrentar a mi padre. Me quedé tranquilo, como si no lo conocía. El juego estaba en pleno apogeo cuando el Real marcó el primer gol, a los 70 minutos. Me levanté y grité de alegría, como si estuviera naciendo mi primer hijo. Mi padre, en el entusiasmo ambiente, me tomó en sus brazos, como lo hubiera hecho con cualquier extraño. No sabía que esperaba ese momento desde hacía 20 años.

El juego terminó en 1-0. En la locura del público, volví a perder a mi padre en la multitud, sin
haberle dicho hola ni adiós.

Mirando hacia atrás ahora, me digo que tal vez sea mejor así. Nadie puede luchar contra el
destino.

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Robinson TILLET





Le di el sombrero y desapareció



Yo hacía la cola para viajar a España cuando percibí de lejos un hombre que estaba vestido como si fuera de una época antigua. Parecía perdido. Algunos minutos más tarde, se puso en la cola detrás de mí. Empezó a hablar conmigo y me pidió algo pero no comprendí nada. Se lo dije, pero me di cuenta de que no entendía nada tampoco; como si no habláramos la misma lengua. Entonces, se fue. Estaba muy triste porque no había podido ayudarle.



En la sala de espera, en lo único que pensaba era ver el hombre; quería saber lo que hacía en ese lugar. Me levanté y noté que su sombrero estaba cerca de mí. Sentí una mano sobre mi hombro: era el hombre. Me estaba mirando, le di el sombrero y desapareció. Ahora, veinte años después todavía no se lo que ocurrió ese día.


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Elodie KRAFFT




El barco
Yo hacía la cola para tomar el barco. No sabía dónde iba pero sabía que debía tomarlo, tanto como toda la gente a mi alrededor. Estábamos en una cueva muy oscura e inmensa (¡Había un lago en el interior!). Me entró el pánico cuando me di cuenta de que no sabía cómo había llegado allí y quienes eran las personas que gritaban y se peleaban para llegar cerca del agua. Unos guardias les forzaban a quedarse en la cola con órdenes y a veces, golpes.
Estaba mirando este caos cuando percibí de lejos una chica que esperaba sabiamente al principio de la cola. Lo que me impresionó fueron sus ojos azules como el agua. “Se me hace familiar” pensé. Y : “tengo que preguntarle quién es y por qué estamos aquí”.
El barco apareció en el  horizonte con un ruido ensordecedor, y aproveché la agitación para salir discretamente de la cola. Fue muy difícil llegar hasta la chica: tenía que correr lo más rápido que podía, y echarme al suelo si un guardia miraba en mi dirección.
Finalmente, llegué al lado de ella y la llamé cuchicheando. Cuando me miró, entendí donde la había visto: en el periódico. El día anterior. Porque había muerto. De repente, un guardia me cogió y me llevó a rastras hasta un grupo de personas al margen de la cola.
“¿Ves esa niña de allí?” le dije a la vieja que estaba a mi lado, “¡Murió ayer! ¿Cómo es posible?”. Me contestó con una sonrisa enigmática: “¿Tú no entendiste? Todos estamos muertos aquí. El barco va a llevarnos a nuestra última mansión”.

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Victor MARCHAIS

El Ángel Uranio

Estaba esperando en la cola de la estación de tren durante una tarde de Agosto. Era el tercer ejercicio de evacuación en ese mes y empezaba a aburrirme. El calor y mi día de trabajo me habían cansado. Como de costumbre, los soldados chequeaban todas las informaciones para cada persona porque en los refugios sólo entraban los que estaban en la lista.
Dejé la cola para fumar pero no me dejaron salir y acabé al final de la cola que ya estaba bastante larga. Vi a una mujer con un bebé en sus brazos, quería pasar pero no estaba en la lista. Se distinguía de nosotros porque su ropa era vieja. Se notaba que no podía comprarse un lugar en un refugio. Pero tenía algo de gracioso en su cara, siempre estaba sonriéndole a su bebé y me hacía pensar a una santa María de los tiempos modernos. Los militares la acompañaron hasta la salida rápidamente. Nos miramos a los ojos, estaba llorando no sabía porque. Ella tenía suerte, hubiera dado todo por salir de esta cola interminable.


Horas después, finalmente el último tren estaba lleno. De repente la alarma de la ciudad resonó y el tren salió. No podía creerlo, la guerra había llegado tan lejos en el país. Estaba lleno de gente pero intentábamos mirar la ciudad por las ventanas. ¿Qué estaba pasando? No podía ver ningún avión enemigo, pero de repente un misil cruzó el cielo hasta la ciudad. Un flash de luz me encegueció. Aunque el tren estaba lejos la explosión era visible, la tierra tembló y la onda alcanzó el tren que se descarriló y caí inconsciente. Cuando me desperté, el cielo estaba rojo y el tren destruido. Varios habían muerto.


Con un grupo de hombres, sin temer a los soldados enemigos, anduvimos por la ciudad buscando ayuda para los heridos. La estación, en las afueras de la ciudad, estaba intacta y al lado vi una luz verde. Nos acercamos a ver si eran médicos. La luz tenía una forma rara como un huevo. De repente, cambió de forma y me di cuenta de que era un ser humano acostado. Reconocí la mujer de la estación. Estaba levantándose. Se veía también a su bebé en sus brazos, más luminoso que ella y parecía como fusionado con ella. La madre nunca hubiera podido dejar a su hijo. Parecía que la mujer estuviera llorando como si sus lágrimas estuvieran incrustadas en su piel verde y luminosa pero en realidad estaba sonriéndole a su bebe. Nos miramos otra vez, sin saber porque le pedí perdón, pero no me entendió y se fue a la ciudad.
Entendimos que la bomba era atómica, corrimos al tren antes de ser afectados por las radiaciones pero siempre me quedó en la mente la imagen de esta sana mujer luminosa y su bebé.


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Jessica BISMUTH





El unicornio


Yo hacía la cola para comprar tiquetes de bus cuando apareció. La aparición no duró mucho tiempo pero es"Efectivamente cuando le vio la tercera vez, estaba delante una puerta. Abrimos la puerta y descubrimos un gran campo con una multitud de unicornios."
taba seguro de que había visto el unicornio. Era maravilloso. Se parecía a un caballo pero tenía un pelaje plateado y brillante. Su cuerno sobre su cabeza tenía pequeños hilos dorados y su melena rubia y larga recubría sus ojos azules.

Estaba contemplando a la criatura fantástica cuando un hombre me empujó. Mis maletas se abrieron y caí al suelo. Cuando me levanté, el unicornio se había ido. Le Pregunté a la gente en la cola si había visto a la criatura pero me tomaron por una loca.
Oí a una mujer que decía: "Aquella esta borracha..."

Me dije que quizás estaba soñando, que imaginaba el unicornio. Pero, algunos segundos después, oí una voz baja:
"También lo he visto, no estás loca"
Era la voz de una chica muy pequeña y tímida. Decidimos dejar la cola y buscar al unicornio.

Lo vimos otra vez en el corredor de la estación, pero de nuevo no duró mucho tiempo. Seguimos al unicornio que parecía querer mostrarnos algo.

 "Efectivamente cuando le vio la tercera vez, estaba delante de una puerta. Abrimos la puerta y descubrimos un gran campo con una multitud de unicornios."




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Daniel TCHANGANG





El Gofre increíble




Yo hacía la cola para comprar un billete de autobús y viajar a Estrasburgo cuando percibí de lejos un olor muy especial, un olor familiar y cautivante. Ese olor, cada vez más fuerte me dio hambre inmediatamente.
Primero pude distinguir un olor a chocolate y a medida que el olor se hacía más fuerte, pude sentir un olor a fresa y  frutos en el aire. Cuando me volteé, vi a una chica con un gofre increíble: era más grande y más grueso que mi dos manos juntas con terrones de azúcar que parecían llamarme. Sobre el gofre había una fila de fresas y de frambuesas cubiertas con une gruesa capa de crema batida, y con una capa generosa de chocolate. Apena se veía  el gofre debajo de todo eso. Quería preguntarle dónde lo había comprado pero la chica estaba lejos y no podía perder mi  sitio en la cola. Tenía un nombramiento muy importante que no podía faltar.
Después de comprar mi billete, busqué una dulcería que hiciera esos gofres pero no la encontré. Estuve a punto de renunciar a esta delicia cuando percibí de nuevo el olor. Un hombre estaba entrando con el manjar deseado en las manos. Me indicó el camino para la dulcería,  a 200 metros  de la estación. Me quedaban sólo diez minutos antes de que mi autobús saliera.
Corrí a la dulcería y cuando llegué, había una fila larga hasta en la calle.
Me volví con tristeza a la estación y tomé mi autobús con hambre y una sensación de deseo insatisfecho.

 
 

 

 

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